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¿QUIÉN ES JESÚS? (página 11)

Por Anthony F. Buzzard M.A. (Oxon) 

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   Este es precisamente nuestro problema, pero también lo es de Denny, quien admite que  “nuestra perspectiva en el futuro es diferente de las de los apóstoles.’” Pero la perspectiva de ellos del futuro estaba basada sobre su comprensión central de Jesús el Mesías, el gobernante del futuro Reino de Dios cuyo poder fue manifestado como anticipo en el ministerio de Jesús. ¿Por cuál posible lógica podemos renunciar a la esperanza que fue “la característica esencial del Cristianismo Apostólico” y aun así pretender ser Cristianos? En esta auto contradicción descansa el gran fracaso de las iglesias de permanecer fieles a Jesús como el Mesías. Hemos preferido nuestra propia perspectiva y nuestra propia opinión del Mesianismo; y hemos sentido correcto atar a nuestra propia concepción, el nombre de Jesús. ¿ No hemos creado así “otro Jesús” según a la imagen de nuestros corazones gentílicos?

Una lectura de obras clásicas sobre Cristología revelan algunas notables admisiones que estimularán al lector a conducir una pesquisa por la verdad acerca de Jesús. En un artículo sobre el Hijo de Dios, William Sanday, una vez profesor de teología en Oxford, hace la pregunta si hay algunos textos en los cuatro evangelios que podrían conducirnos a la idea de Jesús como el “preexistente Hijo de Dios”. El concluye que todas las afirmaciones acerca de Jesús en Mateo, Marcos, y Lucas se refieren a la vida de Cristo en la tierra. No hay ni una simple referencia de que hubiese sido el Hijo de Dios antes de su nacimiento. Si examinamos el Evangelio de Juan “tenemos que observar alguna cosa anormal en las expresiones que están libres de ambigüedad. Tal vez no haya ninguna.” (Diccionario Hastings de la Biblia, Vol. IV, p.576, énfasis mío).

Aquí, entonces, está la declaración de un destacado experto en el sentido de que no hay una simple referencia de Jesús en todos los cuatro evangelios como siendo el Hijo de Dios antes de su nacimiento. Sin embargo permanece un hecho de que las iglesias enseñan la filiación eterna de Jesús como un indispensable dogma básico de la fe.

Se le ha dejado adivinando al profesor Sanday del porqué Mateo, Marcos, y Lucas no saben nada acerca de la preexistencia de Jesús: “Es probable que los escritores no hayan reflexionado del todo sobre la materia, y no transcriban una porción de la enseñanza del Señor sobre el tema” (ibid., p.577). Cuando Sanday recurre a las epístolas, él sólo puede conjeturar que podría haber una referencia a un Hijo pre-existente (Hijo pre-humano celestial) en Hebreos 1:1-3, pero de ningún modo necesariamente.

Sobre Colosenses 1:15 él dice: “La idea destacada en  la palabra ‘primogénito’ es aquella referida a los derechos legales del primogénito, su precedencia sobre todos los que son nacidos después de él”. El agrega que “parece equivocado concluir con la idea de prioridad (en el tiempo) también”. El finaliza sus comentarios citando al teólogo alemán diciendo como que “del Antiguo Testamento y del Rabinismo no hay camino hacia a divinidad de Cristo” (p.e. que él es Dios). El profesor Wernle sostuvo que el título Hijo de Dios es estrictamente Judío y que el nuevo paso de Hijo de Dios a Dios el Hijo fue tomado sobre terreno gentílico (pagano) a través de ideas vagas traídas por los convertidos al paganismo” (Ibid., p.577).

Declaraciones de este tipo muestran en qué terreno inestable está construido todo el edificio de la “filiación preexistente.” La posibilidad debe ser encarada honestamente, que las afirmaciones dogmáticas acerca de Jesús que datan de tiempos post bíblicos dependen de su propia autoridad en lugar de los apóstoles. El derrotero más sabio es tomar nuestra posición sobre las afirmaciones dogmáticas de la Escritura (La Biblia) misma y de reconocer con Jesús que “la vida eterna (vida en la Era Venidera) consiste en esto: Que podamos conocer al Padre como el único Dios verdadero, y a Jesús el Mesías a quién El envió” (Juan 17:3).

Jesús, El Hombre y Mediador 

El Jesús presentado por los apóstoles no es “Dios el Hijo.” Este título no aparece en ningún lugar en la Biblia. Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías, cuyo origen debe ser trazado en su milagrosa concepción (Lucas 1:35). El único Dios de las Escrituras sigue siendo en el Nuevo Testamento como el Creador Dios de Israel. Jesús “hombre” (1 Timoteo 2:5), media entre el único Dios, el Padre, y la humanidad. Este Jesús puede salvar “perpetuamente” (Hebreos 7:25). Cualquier otro Jesús debe ser evitado como una engañosa falsificación-y es muy fácil “recibirlo” (2 Corintios 11:4).

La Confesión de la Iglesia

La iglesia que Jesús fundó está basada sobre la confesión central de que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios (Mateo 16:16). Esta confesión es seriamente distorsionada cuando al aparecer un nuevo significado éste es adherido al término “Hijo de Dios”. Semejante distorsión que ya ha ocurrido debiera ser evidente a los estudiantes de historia de la teología. Sus efectos están con nosotros hasta hoy. Lo que se necesita rápido es un retorno a la confesión fundamental de Pedro, quien, en presencia de Jesús (Mateo 16:16), y los judíos (Hechos 2:3), y al final de su ministerio declaró que Jesús es el Mesías de Israel, el Salvador del mundo, preconocido en los consejos de Dios pero manifestado en estos últimos tiempos (1 Pedro 1:20). El estupendo hecho del Mesianismo de Jesús es comprendido sólo por la revelación divina (Mateo 16:17).

La figura fundamental del Cristianismo debe ser presentada dentro del marco Hebreo-bíblico. Es allí que descubrimos al Jesús real e histórico quien es también el Jesús de la fe. Fuera de ese marco nosotros inventamos a “otro Jesús” porque sus títulos bíblicos descriptivos han perdido ya sus significados originales. (2 Corintios 11:4).

Cuando los títulos de Jesús son investidos con un nuevo significado no bíblico, es claro que éstos ya no comunican su identidad conforme a la verdad. Cuando esto ocurre la fe cristiana es puesta en peligro. Nuestra tarea, por lo tanto, debe ser proclamar a Jesús como el Mesías de la visión de los profetas, y debemos dar a entender por Mesías e Hijo de Dios lo que Jesús y el Nuevo Testamento dan a entender por estos términos. La Iglesia puede pretender ser la depositaria del auténtico Cristianismo sólo cuando ella hable en armonía con los apóstoles y le diga al mundo quién es Jesús.  

 

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